El individualismo acaba con la lucha obrera, el precariado es más diverso y el sentido de pertenencia se desplaza hacia el consumo, el género o la edad

La clase obrera se ha dividido. El trabajo ha dejado de ser el eje que articulaba la identidad y la comunidad. El sentido de pertenencia se ha desplazado hacia el consumo, el género, la edad, la raza, la nacionalidad o la orientación sexual: formas legítimas de identidad que, sin embargo, han relegado la cuestión de clase a un segundo plano. Hoy el trabajador vive en una burbuja que le impide reconocer a sus semejantes.

No se puede medir empíricamente el nivel de conciencia de clase (entender que tus problemas no son solo tuyos, sino compartidos por otros que están en la misma posición del sistema económico que tú). Tampoco se hacen encuestas sobre ello. El CIS, desde 2019, pregunta a la gente con qué clase social se identifica. Y la gente acierta, al menos según los criterios que establece la OCDE (entre el 75% y el 200% de la mediana nacional de ingresos). En el último barómetro, cerca de un 40% de los españoles se ubicaban en la clase media. Una cifra que, de hecho, es menor al 61% que se obtiene al aplicar los estándares del organismo internacional. Pero entender cuál es tu nivel de renta en comparación con el de los demás, no equivale a saber por qué estás ahí, qué sistema lo produce y con quién compartes esos conflictos.