La recuperación del país caribeño necesitará de nuevas reglas y grandes inversiones

Las esperanzas de una transición política en Venezuela, radical y absoluta, han sido reemplazadas por la incertidumbre de una cohabitación entre el oficialismo chavista y las fuerzas del movimiento MAGA, aunque con ciertos resultados en el consumo, el abastecimiento y los precios. La semana pasada, Estados Unidos desmontó parte del esquema de sanciones que impedían que petroleras como la británica Shell o la española Repsol puedan operar en las vastas reservas del país, al tiempo que la estadounidense Chevron se prepara para duplicar su producción.

Este prospecto de una reapertura petrolera acelera los destellos de optimismo sobre la normalización de las golpeadas finanzas del país, algo que llegará a cuentagotas más que en vendaval, y que dependerá de los flujos de la venta petrolera controlados por la Administración de Donald Trump.

“Estados Unidos va a controlar una buena parte del flujo petrolero. Estamos estimando un máximo del 70% de los recursos. Y van a ser muy incisivos sobre adónde van esos flujos, sobre cómo entren en la dinámica de la economía”, dice Asdrúbal Oliveros, un consultor empresarial con amplias conexiones en el ecosistema venezolano. “Como punto positivo, es probable que veamos menor discrecionalidad en la asignación de las divisas”, agrega el economista, con base en Caracas.