Bienvenidas sean quienes, como la exconcejala de Móstoles, saben que hay que hablar frente a la violencia machista

Qué hartazgo de mujeres rehenes de su silencio. Y qué perverso silenciarlas alegando que se hace por no dañar a quienes más quieren. Cállate por tu padre. Cállate por tus hijos. Menudo disgusto se van a llevar. No hables, que así serán más felices. Leo en un reportaje de Mónica Ceberio que eso es precisamente lo que hicieron Ana Millán y Lucía Paniagua, dos de las dirigentes del PP que ...

presionaron a una concejala para que no hiciera público el acoso por el alcalde de Móstoles que estaba sufriendo. Aquellas que debieron facilitar un protocolo de protección desplegaron lo contrario: un preciso mecanismo de control y coerción al invocar al sentimiento que más parálisis y culpa provoca: el del dolor infligido a los demás. “Te dije, piénsalo. Quizá te venga mejor dar un paso atrás, no pasarlo mal, que tu padre no lo pase mal (…) Lo digo yo, que vivo por y para el partido, llevo muchos años y todas hemos aguantado muchas cosas”, le dijo Ana Millán.

El silenciamiento se aplicó de forma sibilina, profetizando un falso bien común si callaba, pronosticando los malos sentimientos que generarían sus palabras si las decía. Le dijeron que hablar la iba a destrozar, que “en seis meses te han matado psicológicamente” y que si denunciaba iba a “provocar un sufrimiento” a su padre y a sus hijos. La palabra, la posibilidad de relato, destruida aquí por ser causante de malos sentimientos. Si hablas, serás infeliz porque harás infelices a quienes más amas.