Del aislamiento al intento de ocultación del acoso o la minimización de ese tipo de violencia, en todos los casos, las víctimas tienen que hacer frente a comportamientos similares

“Vete a casa, habla con tu marido”, “que tu padre no lo pase mal”, le dijo Ana Millán, vicesecretaria de Organización del PP y vicepresidenta de la Asamblea de Madrid, a la edil de Móstoles que acudió a ella, a la estructura del partido, para denunciar de forma interna el acoso sexual y laboral, continuado al que la estaba sometiendo Manuel Bautista, el alcalde de esa ciudad madrileña. No son tres frases aleatorias. Reflejan parte de un patrón que se repite en este tipo de violencia machista y que tiene múltiples ejemplos; tal vez el más representativo sea el de Nevenka Fernández, la concejala de Hacienda de Ponferrada, también con el PP, que en 2001 denunció a Ismael Álvarez, el alcalde de ese municipio leonés, por lo mismo, por acoso. Fue la primera mujer que logró una condena por este delito contra un político en España.

En aquella España, la de hace 25 años, la violencia de género aún se llamaba violencia doméstica: la que no se habla fuera y se soluciona en casa. Y a aquel juicio, el de Nevenka Fernández contra Ismael Álvarez, el entonces ministro de Administraciones Públicas, el popular Javier Arenas, lo definió como “de naturaleza privada”. Es el mismo “vete a casa” que Ana Millán pronunció en 2024. Dos formas de intentar despojar a la violencia machista de su condición pública y, por lo tanto, de reducirla a una cuestión individual, no sistémica ni estructural.