Una plataforma vecinal consiguió que se abriera al público y ahora espera expectante el futuro del parque
La Quinta de Torre Arias tiene un punto silvestre, salvaje. Recuerda a esa naturaleza que ha estado tanto tiempo sin controlar, que ahora brota como quiere, igual que un rizo rebelde que se niega a volver a su sitio. Es señorial, pero sin llegar al nivel de sus vecinas: El Capricho y la Quinta de los Molinos. Tampoco atrae a tantos visitantes. Como ellas, fue pensada para el recreo de la nobleza, pero Torre Arias cuenta con algo especial: su carácter agropecuario. Más que un jardín ilustre, que también, era una granja modelo. Y si hoy cualquiera puede dar un paseo por este parque es gracias a la lucha de los vecinos del barrio que la protegen de intereses privados.
Su origen se remonta a 1580. Felipe II le otorgó a un militar de alto rango el título de conde de Villamor y le cedió unos terrenos cercanos a la villa de Canillejas. Aquí se construyó una finca de recreo con un palacio de dos plantas. Con el tiempo, la quinta pasó de mano en mano: la casa de Osuna, la familia Garro, el marqués de Bedmar... Llegó incluso a ser propiedad de una cofradía de monjes dominicos. Cambió de propietario, pero siempre mantuvo su carácter agropecuario, con vaquería, caballerizas, porquerizas, granero, pajar, bodegas, invernadero... Desde su origen sirvió como finca productiva y ese ha sido siempre el hilo conductor de su historia.






