‘Maldonne’, de la joven coreógrafa francesa, revelación en carteleras europeas, no traspasa el ‘collage’ de entretenimiento visual
En la danza, como en otras artes, también se da el fenómeno de lo viral. Seguramente con menos frecuencia que en la música o el cine; o tal vez la misma, pero menos visible. El caso es que de vez en cuando, una coreografía o un artista alcanzan ese rótulo de “lo que hay que ver”, prescrito por carteleras internacionales y por visitas y likes en las redes sociales.
Hay momentos poderosos en Maldonne (malentendido). Como el que se corresponde con el inicio de la obra. Cinco bailarinas en línea, enfrentadas al público, con luz cenital de cinco focos, repiten una gestualidad muy sencilla con brazos, tronco y cabeza, apoyadas únicamente en su respiración (agitada, revela angustia y desesperación). Funciona entonces lo pequeño, lo reiterativo y el confiar en la suma de ambos.
También se echa mano con evidencia de esos recursos escénicos destinados a gustar, y que gustan, si no fuera porque se les ve demasiado la costura. En Maldonne, la fórmula pasa por usar músicas reconocidas y sobrecogedoras, que más que justificar la escena, te predisponen al encandilamiento de la misma. En este sentido se escucha el fabuloso tema Dance me to the end of love, de Leonard Cohen, o el Invierno de Las cuatro estaciones de Vivaldi, música que cierra el espectáculo en todo lo alto con ese oscuro repentino que anuncia el final y arranca los aplausos más fervientes. Una interpretación teatral de la conocida canción francesa de los setenta Je suis malade, recuerda a aquella maravillosa escena en el film La ley del deseo, de Pedro Almódovar, con el Ne me quitte pas como base coreográfica y existencial.






