El deportista, que dio un portazo a la federación noruega para nacionalizarse carioca, firma una final de ensueño en el eslalon gigante a la vez que reivindica su derecho a salirse del molde de un deporte que juzga demasiado rígido
Lucas Pinheiro Braathen, nacido noruego y nacionalizado brasileño, convirtió su privilegio de abanderado en la apertura de los Juegos de Milán-Cortina en el desfile de moda más seguido de la historia. Vestido con un enorme plumífero de Moncler, pura alegría, ritmo de DJ, el mejor regalo que el esquí alpino le ha ofrecido hasta la fecha en una pasarela de alcance global. Después, prolongó todo el flow exhibido bandera en mano en la final del eslalon gigante para cazar la primera medalla para Brasil en unos Juegos de invierno: oro, ni más ni menos, en la disciplina técnica de referencia del esquí alpino.
Lloraba en meta, lloraba también su padre, como su madre, los tres abrazados y saboreando su razón. Y es que Pinheiro cosecha algo mucho más importante que un metal: la reivindicación de una forma de entender su vida deportiva totalmente ajena a lo establecido, a la rigidez circunspecta de un deporte que él mismo considera arcaico, rígido, un tanto pijo y ensimismado.











