El arquitecto revisa sus 50 años construyendo viviendas, escuelas, plazas públicas, bodegas, estaciones o edificios de oficina y deja un legado de ingenio, respeto y diversión

Uno de los mayores retos a los que puede enfrentarse cualquier profesional consiste en revisitar lo hecho. No es fácil tomar distancia para volver a observar, analizar —e incluso juzgar— trabajos de hace más de 50 años. El arquitecto Jaume Bach (Sabadell, 82 años) lo hace en un libro que lleva su nombre. Le acompaña su hijo Eugeni, también arquitecto, que, con sus fotografías, es capaz de hacer brotar la humanidad de los edificios que retrata sin necesidad de colocar en ellas personas. También lo asisten —en un volumen impecablemente editado por Puente editores— un puñado de arquitectos conocidos que o han visitado, o han analizado o han vivido en las obras. Así Rafael Moneo define el contexto barcelonés; Juhani Pallasmaa, la amabilidad del carácter de la arquitectura, y Bet Capdeferro la comprensión de la historia. También escriben quienes han vivido en las obras. Es el caso de la arquitecta Anna Puigjaner, que estudió en la Escuela L’Alzina y que cuenta que fue allí, en esos espacios intermedios que no están ni dentro ni fuera, donde empezó a pensar como arquitecta.