La vigencia y la belleza de la ópera prima del arquitecto catalán radican en que cada ventana y cada azulejo se proyectaron con precisión, obedecen a un propósito y se adaptan a la vida de quien habitaría su interior
Los caprichos nacen del impulso, de la libertad de lo inesperado. En música, un capricho es una pieza que fluye sin reglas, que se deja llevar por la imaginación. Quizá todo eso late en El Capricho que Antoni Gaudí construyó en Comillas (Cantabria) hace 140 años, un edificio incomprendido que, sin embargo, va mucho más allá de la fantasía: cada curva, cada ventana y cada azulejo se proyectaron con precisión, obedecen a un propósito y se adaptan a la vida de quien habitaría su interior. La ópera prima de Gaudí revela un rigor que contradice el sentido litera...
l de su nombre.
La historia comienza en 1881, cuando Antonio López y López, marqués de Comillas, financió la instalación de 30 farolillos eléctricos en las calles de aquella villa marinera a orillas del Cantábrico, lo que la convirtió en la primera localidad de España en contar con alumbrado público. Este impulso modernizador no fue un gesto aislado: formaba parte de un ambicioso plan con el que el marqués y sus allegados pretendían transformar un pueblecito de pescadores en un lujoso lugar de veraneo para la aristocracia patria. Aquella élite económica y cultural —tejida entre Cataluña y Cantabria— contrató a los mejores arquitectos y artistas de Barcelona para levantar edificios esplendorosos, como la Universidad Pontificia y el Palacio de Sobrellano, residencia estival del marqués.






