El Madrid se aburre de sí mismo pero no por sobrado, como tantas veces, sino por impotencia
Salió el Madrid a Mestalla sin brasileños. Dos lesionados, uno sancionado y otro al que mandaron a Francia como a Machado, esperemos que con más suerte. Eso no quiere decir nada. Podía haber salido el Madrid a Mestalla también sin franceses que el partido se hubiera parecido igual. A ver qué hace Deschamps en el Mundial con Tchouameni y Camavinga, igual resulta que son extremos y estamos haciendo aquí el tonto. Mucha curiosidad por ver también de qué juega Güler en Turquía, si llega,
-el-ego-y-los-pitos-del-bernabeu.html" data-link-track-dtm="">y Bellingham en Inglaterra. Va a ser un espectáculo ver a los ojeadores del Madrid en Estados Unidos tomando notas sobre sus propios jugadores, asintiendo en silencio, diciendo “ajá” todo el rato. Vendiendo la información al ICE para no volver a España con noticias pesadas, del tipo “resulta que Tchouameni era portero”.
En fin. Partido desconcertante, enigmático, sin género claro: terror por momentos, otros comedia, siempre una lámina de drama subterráneo que lo empapa todo. Álvaro Carreras marcó el primer gol. En lugar de mirar para atrás con el balón, se fue Carreras hacia delante sin nada que perder, sólo con un puñadito de fe. A veces en la vida no hace falta más. Te cansas de la seguridad y eliges el riesgo. Lo que hizo Carreras es lo que hace cualquiera cuando entra en el banco a pedir una hipoteca: que sea lo que Dios quiera. España se va construyendo con esas pequeñas penumbras de frágil equilibrio y el Madrid va ganando entre enormes oscuridades sin un andamio claro.






