El New Start, que limita a 1.550 las ojivas estratégicas desplegadas por las partes, expira sin que haya negociaciones a la vista. Washington quiere que China también se comprometa a una reducción, pero Pekín lo rechaza

Cinco meses después de firmar un tratado sobre armas nucleares crucial para apaciguar el miedo a la hecatombe, Mijaíl Gorbachov, presidente de la Unión Soviética, telefoneó a su homólogo en Estados Unidos, George H. W. Bush. Era el día de Navidad de 1991. El tono fue cariñoso. Gorbachov llamó para contarle a su “querido amigo” que iba a dimitir. “Nuestros cometidos pueden cambiar, pero te aseguro que lo que hemos conseguido no cambiará”, escribió Gorbachov. “Estoy convencido de que lo que has hecho será historia”, le respondió Bush al aparato.

Este jueves, más de tres décadas después, aquella arquitectura de seguridad sellada en las postrimerías de la Guerra Fría dilapida su último pilar con el fin del Nuevo Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (New Start, en sus siglas en inglés), que limitaba a 1.550 el número de ojivas nucleares desplegadas por las dos grandes potencias —tanto montadas en misiles como en bombarderos—.

Y no hay más, por el momento. Estados Unidos y Rusia, la heredera de aquella URSS que desaparecía al tiempo que Gorbachov renunciaba al cargo, han dejado que el único acuerdo que resistía con vida para el control de armas nucleares expirara sin que se atisbe negociación a corto plazo. Antes perecieron otros pactos, como el de sistemas de misiles antibalísticos (ABM, en sus siglas en inglés), o el de fuerzas nucleares de alcance intermedio (INF). Gorbachov y Bush pusieron la primera piedra de este sistema de limitación del arsenal atómico con la firma en Moscú del Start, el 31 de julio de aquel 1991. El objetivo de ese primer pacto era restringir el poderío armamentístico de largo alcance, denominado estratégico por estar concebido para atacar al enemigo en su territorio. Se diferenciaba así de las armas tácticas, de corto alcance, utilizadas en el campo de batalla.