Es difícil conseguir que los autores escriban con franqueza sobre su propia obra y más en un mercado literario como el actual. ¿En qué tropezaron y a qué renunciaron?
Fleur Jaeggy corrige mucho en su mente: “Empiezo a escribir suprimiendo en mi cabeza el texto desde el primer minuto. Comienzo ya quitando cosas. Quedan muchas eliminadas, muchas que ni siquiera he escrito”.
A Fleur Jaeggy (Los hermosos años del castigo) siempre hay que prestarle atención, no en vano es uno de los faros esenciales de la Constelación Lispector, esa azarosa y casi secreta conjunción de autoras de estilos únicos, ninguna de ellas parecida a la otra, pero todas cultivando “nuevas formas de escribir sobre la vida real”.
Jaeggy, en su patio particular, domina su personal técnica de la supresión y tiene casi la costumbre de dar giros imprevistos y radicales en sus textos y de pronto llevarnos, por ejemplo, a que reparemos en un pobre animal cautivo. Y domina también el arte de las réplicas ágiles. Escribía el año pasado Laura Fernández en estas mismas páginas: “Las respuestas de Jaeggy tienen las palabras contadas y cristalinamente esquivas”.
En su reciente Oda y Encuentro en el Bronx (Ediciones UDP, Chile, 2024), Jaeggy rememora una conversación con Oliver Sacks en Nueva York y, lejos de entrar en muchos detalles sobre lo hablado, desvía enseguida su discurso, de forma cristalinamente esquiva, hacia un pez atrapado para siempre en la pecera del restaurante.






