En su ensayo ‘La prisa y la espera’, la escritora se adentra en el misterio del proceso creativo

Dejar la oficina, los cafés de máquina, los emails. Y dedicarse a escribir. Bajo esa premisa construye María Folguera (Madrid, 1984) su ensayo La prisa y la espera (Siruela), donde se adentra en el misterio del proceso creativo, con sus oportunidades y su capacidad para generar una nueva forma de temporalidad. ...

En su ensayo reflexiona sobre el proceso creativo en un paréntesis del trabajo de oficina. ¿Qué lecciones se lleva de vuelta para el despacho? Para mí, de momento, no es un paréntesis. De momento es un cambio de vida, y no sé cuánto durará esta etapa ni adónde me llevará. Siempre me he dedicado a la narrativa y al teatro, pero también a convocar y organizar, así que nunca renegaré de mi faceta de gestora cultural.

Si la inspiración no llega cuando se la requiere, ¿de qué modos podemos invocarla? Lydia Davis tiene varios consejos muy útiles, al menos para mí. Salir a la calle, tomar nota de las conversaciones ajenas para practicar el oído, explorar etimologías, o simplemente fregar los platos y dejar que la mente repose las ideas mientras tanto.

¿Qué libro la convirtió en lectora? Los libros de Roser Capdevila, de Adela Turín o Elena Fortún, y las bellas ilustraciones que acompañaban los textos.