Los lectores y las lectoras escriben sobre el sistema público de salud, la regularización de los inmigrantes, el papel de Europa frente Trump, y David Uclés
Cuando te diagnostican un cáncer, tu vida se detiene, comienza entonces una experiencia física y psíquica muy difícil de asimilar. Es una enfermedad complicada de entender por los demás, por lo que la vives de una manera íntima, solitaria, que te lleva a reflexionar sobre el valor de tantas cosas como el de contar con una sanidad universal, una atención pública adecuada que te ayuda a sobrellevar parte del miedo, porque sabes que las necesidades de diagnóstico, tratamiento, intervención, hospitalización, cuidados, curas y apoyo están cubiertas. Y el valor humano que descubres en la profesionalidad y empatía de todo el personal sanitario que te atiende, fundamental para tu tranquilidad y seguridad durante en el proceso y la recuperación.
Natalia Roig Santos. Toledo
Hay un perfume raro flotando en casi todos los discursos sobre migración. Se habla de regularizar —y conviene decirlo claro, es un avance necesario y valiente—, pero a menudo con guantes. Regularizar para ordenar, para encajar, para colocar a cada cual en su estantería social, en formato mínimo y agradecimiento obligatorio, no para integrar. Se presupone, sin rubor, que la persona migrante es fuerza antes que cabeza, manos antes que criterio, músculo antes que talento. Como si cruzar fronteras borrara la inteligencia, la experiencia o la aspiración legítima de ocupar también puestos ejecutivos. Escasean los discursos que reconozcan trayectorias y fomenten la educación y el acompañamiento. Integrar no es solo dar empleo: es abrir 360° las oportunidades que no tuvieron.






