Es en los despachos donde se privatiza la gestión de hospitales, se recorta en radiólogos y sanitarios y se decide no informar a las mujeres con pruebas dudosas

El cáncer es una enfermedad invisible. La mayoría de las veces no la ves, ni siquiera la sientes, hasta que un médico te señala las marcas imperceptibles en la imagen en blanco y negro de una pantalla que prueba que estás enferma. Entonces te miras al pecho, incrédula, sin entender muy bien qué está pasando ahí dentro, por qué te has convertido de un momento a otro en portadora de esa otra ciudadanía más cara de la que hablaba Susan Sontag y en paciente de una enfermedad que tendrás que empezar a pronunciar en primera persona e intentar que los de tu alrededor aprendan a escuchar dicha de tu boca sin revolverse. Las metáforas que Sontag señaló hace medio siglo aún están demasiado presentes, porque en el imaginario social enfermar de cáncer sigue siendo “el robo implacable e insidioso de una vida”.

Cinco folios enrollados que traducían en palabras la imagen de una pantalla eran la única prueba que yo tenía de lo que estaba pasando dentro de mi cuerpo cuando hace cinco años me diagnosticaron cáncer de mama. Tenía 33 años, por lo que me faltaban 17 para que fuera una prueba de cribado, disponibles para mujeres a partir de los 50, la que desvelara tan terrible resultado.