El catedrático de Filosofía Enrique Bonete recibió un correo de una antigua alumna que contaba que tenía cáncer, que tenía miedo y que recordaba sus clases de Ética de la muerte. Pasaron dos años escribiéndose. De ahí salió un libro

Hay asuntos —unos capitales, otros banales— con capacidad comprobada de dividir al género humano. Entre los banales pongamos el fútbol, la política, la comida y tantas chucherías más. Entre los capitales, y obviando las crecientes desigualdades mundiales y su odiosa consecuencia —la miseria de los que menos tienen—, hay que incluir el de la visión de la muerte como ingrediente de la vida. La cuestión puede parecer obvia pero no lo es y, desde luego, dividir, divide. Hubo, hay y habrá gente capaz de contemplar la fatalidad del final con frialdad y hasta con serenidad, sabedora de que una cosa (la vida) sin la otra (la muerte) y viceversa es directamente imposible, con lo cual mejor no convertir el tema en tabú. Incluso hay gente interesada en bucear en los argumentos que en torno a la parca elaboraron algunos gigantes de la historia de la filosofía. Y hubo, hay y habrá quienes a la mínima mención del concepto muerte apenas aciertan a salir corriendo pronunciando, verbal o mentalmente, las palabras “¡lagarto, lagarto!”. A la primera especie de humanos les interesará, en principio, la cuestión que aquí se trata. La segunda ya estará cerrando estas páginas o la versión digital de este artículo. Al grano.