Tras meses de burocracia y batalla, se acercaba la fecha de la eutanasia de Ramón Bayés, catedrático en Psicología que estudió, escribió y divulgó durante toda su carrera para paliar el sufrimiento al final de la vida. Su amiga Belén Molina le preguntó si el proceso que condujo a su muerte le había dolido: “Después de una pausa, con mucha calma y sin enfado, la respuesta fue un claro ...
sí”.
Incluso los últimos instantes de la vida de este sabio, uno de los más queridos y respetados en el mundo de los cuidados paliativos, arrastraron un sufrimiento innecesario para él y los que lo rodeaban, también en procedimientos simples y fáciles de prever. No le dejaron puesta una vía con antelación en la que inyectar el fármaco que acabaría con todo el dolor y, llegado el día, las enfermeras que lo auxiliaron no daban con las frágiles venas del anciano, de 94 años. Lo consiguieron al sexto intento. Entonces sí, se terminó el sufrimiento. Fue el pasado 7 de agosto.
Esta es la historia de sus últimos meses contada por sus más cercanos: su hija Mireia y un grupo de médicos amigos ―incluida Belén Molina― que lo acompañaron de una u otra forma hasta el final. Es la historia de cómo los engranajes de la ley de la eutanasia, que lleva cuatro años en vigor en España, no están todavía bien engrasados. “Si él, que trabajó toda la vida en evitar el sufrimiento, asesorado por profesionales de la sanidad, tuvo tantos problemas, a qué se enfrentarán otros que no tienen tantos conocimientos o que están solos”, reflexiona un médico de familia que lo visitó cada miércoles durante los últimos años y que prefiere no aparecer con su nombre en este reportaje.






