En Barcelona, se nos ha muerto como del rayo Ramón Bayés, con quien tanto queríamos. Se apropió de su muerte con la misma curiosidad que practicó como un niño toda su vida, bellamente cumplida a punto de los 95 años.
A Ramón le gustaban las lobelias, las Variaciones Goldberg interpretadas por Glenn Gould y los últimos versos que encontraron en un papel arrugado en el bolsillo de Machado, poco antes de morir: “Estos días azules y este sol de la infancia”. Tomen nota.
Enamorado del cine, una de sus escenas favoritas era el final de la película de John Huston Los muertos, en la que cae la nieve, como el descenso de su último final, sobre todos los vivos y los muertos. Buscó siempre el amparo de las narraciones y las buenas películas, que no se cansó de recomendar a todos los profesionales de la ayuda (tomen nota: lean —poesía, novela, cuentos…—, vayan al cine).
A Ramón era muy fácil quererle. Y sigue siendo fácil quererle, en presente, que es donde sigue estando. Sabía de forma intuitiva, como dice la canción, unir las puntas de un mismo lazo y ofrecer su corazón, algo que no dejó de hacer en su larga travesía vital por los territorios de la psicología de la salud. Quiso entender cómo envejecemos y morimos (lean también Cómo morimos de Sherwin B. Nuland), proponiéndonos que, de ser posible, vivamos olvidando nuestra edad. Quiso entregarse a la vida y a la muerte con serenidad, esa que él buscaba y que quizá nunca llegó a encontrar del todo (lean El psicólogo que buscaba la serenidad). Y sobre todo se preocupó de que ayudar a morir no fuera solo el título de uno de sus libros favoritos (lean a Iona Heath, la autora de ese descomunal libro diminuto).






