Desde los enfoques más superficiales y violentos hasta los más introspectivos, preferimos enfrentar nuestra finitud a través de los productos culturales, según explica el libro ‘Tabú’ de Germán Piqueras

De la muerte mejor no hablar: mejor vivamos la vida. Bajo esta creencia, hubo un momento en que Occidente dejó de considerar la muerte. Si bien la Edad Media trataba la muerte como un suceso familiar, que ocurría en el ámbito doméstico y que tenía una continuidad que la religión aseguraba más allá del incierto umbral, poco a poco la llegada de la guadaña se va dramatizando, individualizando, medicalizando y expulsando hasta que, llegado el siglo XX, se convierte en tabú. Se relata, por ejemplo, en la célebre

-link-track-dtm="">Historia de la muerte en Occidente desde la Edad Media hasta nuestros días (Acantilado), del historiador francés Philippe Ariès.

La muerte parece hoy un detalle incómodo que nos espera al final del camino mientras nosotros nos concentramos en mirar el paisaje por la ventanilla. Hay quien la considera como un mero error biológico que el transhumanismo conseguirá solventar llegando a la longevidad extrema o incluso la inmortalidad. Recientemente los presidentes ruso, Vladímir Putin, y chino, Xi Yinping, conversaron en privado sobre ello: quizás no se mueran nunca. Al contrario, el filósofo Martin Heidegger señaló, grosso modo, que la muerte no era simplemente el suceso final, sino algo que condiciona nuestro día a día, algo estructural que debe concernirnos en cada momento, como seres-para-la-muerte que somos.