Nacida bajo la técnica de doble cocción, su llamativo color encandiló a las cortes de Europa y las mujeres emancipadas de la Belle Époque pusieron de moda tomarlas bañadas en champán. Hoy sigue siendo un emblema de la repostería francesa

El 11 de junio de 1775, Luis XVI se coronó rey de Francia en la catedral de Reims. En los festejos que acompañaron a la ceremonia, se sirvió un menú colmado de complejas elaboraciones, fruto de la sofisticada gastronomía que su abuelo Luis XV instauró durante su reinado, y que asentó el nacimiento de la alta cocina en Francia. Al tradicional convite de faisán, jabalíes y venado acompañados de adobos y refinadas salsas, se sumaron las peras Rousselet cultivadas en la región, las pastas de frutas o el pan de jengibre, regados por los vinos de Champagne. Conocida la afición de los monarcas franceses por los bocados dulces —que culminaría con la obsesión hiperglucémica de su mujer, la reina María Antonieta—, se sucedieron durante días elaborados postres de crema y magdalenas de limón, además de unos pequeños bizcochos fabricados desde hacía décadas en Reims llamados biscuits roses por su tonalidad rosa.

Como toda receta virtuosa, estos bollitos creados a base de harina, huevos frescos y azúcar surgieron para solucionar un contratiempo. En el ocaso del siglo XVII, los pasteleros de esta localidad francesa se preguntaron cómo podrían aprovechar el calor que se concentraba en sus hornos de leña después de haber horneado el pan. La respuesta vino en forma de esta masa aromatizada con vainilla que dejarían secar en el aparato tras una primera cocción, lo que dio lugar a una galleta sólida y crujiente. Una técnica popularizada bajo la palabra biscuit (‘bis cuit’ significa cocido dos veces en francés) que permitiría conservar el producto por mucho más tiempo al eliminar por completo la humedad.