Es necesario encontrar vías de presión más allá de las amenazas de Trump contra un régimen sanguinario que masacra a su población
El régimen teocrático de Irán es una sangrienta dictadura dispuesta a aplastar cualquier signo de disidencia interna, un concepto que incluye un baile callejero subido a las redes sociales, o el cabello de una mujer asomando del pañuelo obligatorio más de lo que considerado permitido. Naciones Unidas estima que hasta 20.000 personas pueden haber muerto por la brutal represión de la última oleada de protestas que sacude el país. Sin embargo, la amenaza militar contra Irán lanzada el miércoles por Donald Trump, vuelve a colocar a las democracias occidentales ante la tesitura de respaldar una mecánica de resultado incierto, cuestionable legalidad internacional y nulo consenso internacional previo.
En su estilo de palabras contundentes, pero concreción difusa, Trump anunció un ataque contra el régimen iraní en un plazo sin concretar si no se sienta “rápidamente” a negociar –sin especificar el formato- cuestiones como la detención del programa nuclear o la financiación a grupos terroristas en Oriente Próximo. Su principal baza argumentativa es una “enorme Armada” que se dirige al Golfo y en la que destacan el portaaviones Abraham Lincoln y tres destructores equipados con misiles guiados. Tras la alarma generada por estas palabras, en medio de la cancelación de vuelos de compañías internacionales a Irán y de una subida abrupta de precio del petróleo, apenas 24 horas después Trump se mostró partidario de “dar una oportunidad a la diplomacia”. El petróleo bajó, pero no despejó la percepción de que EE UU puede atacar Irán en cualquier momento con consecuencias impredecibles. El precedente de Venezuela refuerza cualquier amenaza de Trump.







