Ni la valentía de los manifestantes es suficiente para derribar al régimen, ni una acción exterior garantiza el éxito
La brutal respuesta del régimen iraní a las protestas populares parece haber silenciado las calles, por ahora. Ni la crisis está cerrada, ni la amenaza de a...
yuda de Donald Trump a los manifestantes permiten respirar tranquilos a los dirigentes. Las cifras iniciales de muertos y detenidos agrandan aún más la brecha entre la población y la oligarquía gobernante. Algunos comentaristas y gran parte de la diáspora iraní anuncian el inminente colapso de la República Islámica. Nadie tiene una bola de cristal, pero la valentía de los manifestantes que se exponen al aparato de represión es insuficiente para que triunfe la revuelta. Salvo una fractura en la cúpula, una acción exterior tampoco asegura el éxito.
Las imágenes que trascienden a pesar del cerrojazo informativo son turbadoras. Cientos cuando no miles de iraníes han desafiado durante dos semanas en ciudades y pueblos de todo el país a un régimen dispuesto a dispararles incluso con más saña que en las protestas que se suceden desde hace una década. Igual que en anteriores ocasiones, el líder supremo, el ayatolá Alí Jameneí, ha dejado claro que no tiene intención de dar un paso atrás. ¿Por qué habría de ser diferente ahora?














