La intervención a la venezolana que plantea Washington se topa con un escenario complejo en el que el cambio de sistema político no está garantizado

“Si siembras vientos, recogerás tempestades”. Esa admonición, impresa en persa y en inglés, sobre un enorme cartel desvelado este domingo en la céntrica plaza Enqelab, en Teherán, tiene varios destinatarios. El fondo de la frase es la imagen de un portaaviones atacado y con las barras de la bandera de Estados Unidos pintadas con sangre en el mar. Sin embargo, ese cartel no solo apela a Washington. La República Islámica de Irán suele utilizar también esos paneles gigantescos para tocar a rebato a sus acólitos, a la parte de la población que aún lo apoya, entre un 20% y un tercio de los iraníes, según diferentes expertos.

El mensaje para sus fieles y para ese enemigo foráneo es que Irán responderá a cualquier ataque; el trasfondo, la férrea voluntad de un régimen debilitado de sobrevivir, incluso si para ello tiene que tomar represalias militares o negociar con su enemigo. Todo ello con el fardo a sus espaldas de una crisis económica sin precedentes y de los miles de muertos que dejó la represión de las últimas protestas en su contra: al menos 6.221 según la ONG Hrana; 3.117 en cifras oficiales iraníes.