Los vídeos virales y el humor opacan la mala reputación del régimen y le dotan de una inesperada arma de resistencia

Los grandes carteles que cubren muchos edificios del centro de las ciudades iraníes han sido durante décadas una herramienta interna más de un arsenal de comunicación política muy ideologizada, tenebrosa, de imágenes oscuras que remiten a la religión y a la muerte: los rostros de los mártires ―los soldados caídos de la guerra de Irak contra Irán (1980-1988)―; los retratos de los dos ancianos líderes supremos, los ayatolás Jomeini y Jameneí, que la República Islámica había tenido

iran-cierra-de-nuevo-el-estrecho-de-ormuz-hasta-que-trump-levante-su-propio-bloqueo.html" data-link-track-dtm="">hasta el inicio de la guerra el 28 de febrero; mujeres cubiertas con el chador negro de la cabeza a los pies. Esas imágenes reforzaban la idea de la República Islámica que tenían y aún tienen muchos occidentales. La de una autocracia, un Estado fundamentalista anclado en el pasado y que rinde culto al martirio.

En enero, la mala imagen del sistema político iraní se hundió aún más. La represión desatada por las manifestaciones contra el régimen cubrió el país de lo que muchos iraníes definían como “ríos de sangre”: la de las miles de personas ―7000, según la ONG en el exilio Hrana; algo más de 3.100 en cifras oficiales― que murieron en esas protestas, según la ONU y varias organizaciones de derechos humanos.