La impresión de que el movimiento totalitario se ha instalado en EE UU no ha hecho más que crecer desde la actuación del ICE en Minneapolis
Los años veinte del siglo pasado estuvieron marcados por el fascismo, una palabra que no se debería emplear de forma leve. Ocurre lo mismo con el concepto de genocidio, una vez utilizado no hay marcha atrás. “Es una palabra avalancha: una vez que la pronuncias, no hace más que crecer”, dijo David Grossman en una entrevista con la periodista italiana Francesca Caferri cuando el escritor israelí definió por primera vez lo ocurrido en Gaza como un genocidio. Desde el inicio de la segunda presidencia de Donald Trump, hace un año, pero sobre todo desde el brutal despliegue en Minneapolis de los paramilitares federales del ICE y la Patrulla Fronteriza, la impresión de que el fascismo se ha instalado en Estados Unidos no ha hecho más que crecer entre escritores, comentaristas, historiadores y ciudadanos.
Las imágenes de individuos armados hasta los dientes, sin identificar y con el rostro cubierto, que apalizan a personas que tratan de protestar por su presencia —un derecho protegido por la Primera Enmienda que garantiza de forma muy generosa la libertad de expresión en EE UU— y detienen a ciudadanos solo por su acento o color de piel —incluyendo niños como el pequeño Liam— son incompatibles con una sociedad plenamente democrática. La muerte de dos civiles a tiros, Renee Nicole Good y Alex Pretti, con imágenes que parecen una ejecución extrajudicial en este último caso, desataron una indignación global y una oleada de referencias a lo que ocurrió en Europa el siglo pasado, cuando los Camisas Negras de Mussolini y los Camisas Pardas de Hitler se apoderaron de las calles de Italia y Alemania.








