El asesinato de una activista migrante expone la deriva autoritaria de las políticas migratorias en EE UU
“No acepten mi palabra. No acepten su palabra. Miren el vídeo desde todos los ángulos”. Con estas palabras, Jacob Frey, alcalde de Minneapolis ha severamente censurado la interpretación que la propia administración norteamericana ha hecho del asesinato de Reneé Good, la madre de tres hijos y activista a favor de...
los derechos humanos abatida brutalmente por el ICE, la policía migratoria de Donald Trump, que cada vez más se asemeja a una siniestra policía política y racista.
La situación que se vive actualmente en los Estados Unidos es a todas luces dramática en términos de salud democrática, en la medida en que un cuerpo paramilitar dependiente de la administración federal se dedica a vejar, atemorizar, secuestrar e incluso asesinar sus propios conciudadanos. Primero empezaron por aquellos a quienes negaron esa condición por carecer de documentación, pero -como no podía ser de otra manera- ahora la violencia ha llegado también a aquellas personas que, con toda su documentación a punto, simplemente se niegan a secundar tamaño atropello de los derechos humanos. Porque al final siempre es así: si atacan a una persona por el simple hecho de existir, aduciendo su condición de migrada, están atacando a todas las personas.







