Aunque poner límites a un mando superior es uno de los mayores tabúes en la empresa, actualmente se ha convertido en una competencia clave

La imposición, como forma de liderazgo, ha saltado estos días al primer plano de la mano del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Él se ha propuesto, desde la presión, ordenar la escena geopolítica bajo su criterio y mando. Un patrón, el de ejercer el poder desde el ultimátum y la asimetría de fuerzas, incluso con el rechazo explícito del interlocutor, que se repite en algunas organizaciones. Pero encajar un no y atreverse con él exige una estrategia para impedir romper puentes, menoscabar la autoridad del superior y proteger las relaciones laborales. En la empresa, como en la geopolítica, el poder se negocia.

Decir “no” a un jefe sigue siendo uno de los mayores tabúes en la cultura empresarial. Sin embargo, en entornos cada vez más complejos y tecnológicos, con sobrecarga de tareas o presión por resultados, saber negarse se ha convertido en una competencia clave. Gonzalo Gaitán es gerente en Casa Müller. Recientemente ha negociado con éxito, frente a la dirección, su negativa a ampliar el horario del negocio. Y explica cómo lo ha hecho: “Me di mi tiempo. Reflexioné para no dejarme llevar por las emociones. Busqué un lugar privado para la conversación y acudí con datos impresos que justificaran mi oposición. La dirección comprobó que el volumen de ingresos que se iba a conseguir no era relevante con respecto al esfuerzo que se pedía al trabajador”.