Nadie en el Partido Demócrata se atrevió a decirle a Biden que debía dejar paso a otro candidato. Cuando al fin se hizo, ya era demasiado tarde. Cuentan las crónicas que los que en el PSOE se atrevieron a advertir a Pedro Sánchez acerca de la conducta de Ábalos y Santos Cerdán fueron apartados. Y en la segunda temporada de la serie Los ensayos (HBO Max) su creador, Nathan Fielder, nos pone ante la evidencia de que muchos...
accidentes aéreos ocurren simplemente porque el copiloto no se atreve a llevar la contraria a su jefe, el piloto. ¿Por qué se paga tan caro contradecir a un jefe? Los estudios muestran que las compañías tolerantes con las disidencias van mucho mejor que aquellas que las ahogan en un mar de pensamiento único. Sin embargo, las consecuencias de llevar la contraria al que manda suelen disuadirnos incluso del gran placer de llevar la razón.
En su ensayo En defensa del error (Siruela, 2015), la escritora Kathryn Shulz no para de dar vueltas en torno a una pregunta: ¿por qué nos gusta tanto tener razón? “A diferencia de muchos otros deleites —comer chocolate, surfear, besar— [tener razón] no tiene acceso directo a nuestra bioquímica. Y, sin embargo, el regustillo de tener razón es innegable, universal y, tal vez lo más curioso de todo, casi enteramente indiscriminado. No podemos disfrutar besando a cualquiera, pero podemos estar encantados de tener razón acerca de casi cualquier cosa”, escribe.






