La presunta democracia directa en las formaciones ha devenido en una especie de culto al líder, con lo que desaparece de manera inmediata todo cuestionamiento
Acertar a la hora de señalar un problema en modo alguno garantiza el acierto a la hora de proponer una solución al mismo. Esta obviedad, de carácter prácticamente universal, resulta de especial provecho cuando se aplica al análisis de las formaciones políticas. Probablemente de las más tradicionales se pueda sostener que han llegado a nuestros días prácticamente exhaustas, necesitadas de un importante revulsivo que sirviera para hacer limpieza de aquellos elementos negativos y aquellas prácticas viciadas que perjudicaban su buen funcionamiento. Pero, aplicando la conocida instrucción de Chesterton según la cual no habría que encargar la reforma de una institución u organismo a alguien que nu...
nca terminó de entender el sentido del mismo, conviene no perder de vista que la complejidad de dichas organizaciones no era un mero capricho burocrático o la excusa para convertir en funcionarios del partido a los afiliados más disciplinados u otros tópicos de parecida naturaleza, no por reiterados más ciertos. Los diferentes niveles de dichas formaciones cumplían una función de mediación entre las bases y la dirección, constituían los espacios en los que las demandas y reivindicaciones que venían de abajo iban tomando forma y donde las directrices de actuación para dar respuesta a aquellas eran debatidas antes de convertirlas en argumentarios y consignas. Que —ley de hierro de la oligarquía mediante— llegara un momento en el que no cumplían de manera adecuada esa función no hace buena automáticamente la opción de prescindir por completo de las mismas.






