Los partidos políticos tienen un problema ontológico que resulta irresoluble. Lo que para ciertos líderes es una misión personal y trascendente, es, para alguno de sus soldados, tan solo una ocasión de medrar y ganarse la pensión. Es algo así como un equipo ciclista donde uno quisiera ganar la etapa mientras sus compañeros de rodada aprovecharan la ruta para robar comercios y levantarle las faldas a las que pillan de paso. Las elecciones primarias dentro de los partidos fueron un invento democratizador que ha culminado en fracaso. No es lógico que una disputa por el liderazgo interno ofrezca siempre una conclusión malsana, la de un partido dividido —en el mejor de los casos— en dos mitades irreconciliables. De procesos de primarias han surgido escisiones, dimisiones, abandonos de la política, traiciones y muy pocas veces transparencia y cordialidad. Quizá los procesos selectivos todo lo envenenan, quién sabe. Hace unos años elogiamos en este mismo espacio la valentía de Pablo Casado al llegar al liderato de su partido conservador, cuando anunció que pondría a la venta la sede nacional porque su reforma había sido pagada con dinero robado a los contribuyentes. Unos cuantos telediarios después, la promesa regenerativa ya no era imprescindible para remontar en las encuestas y su liderato descarrilaría por rencillas internas sucias y aún sin aclarar.