El escándalo por los falsos títulos de los políticos es un trampantojo. Es sabido que en política demasiado a menudo se asciende por hacer la pelota, callar debidamente o tener un núcleo leal. Maquillar el currículum quizás solo les sirva a algunos para aliviarse ese sonrojo. Lo que debería soliviantarnos, en realidad, es cómo se está degradando el hecho de tener a académicos, altos funcionarios o profesionales de prestigio en las instituciones, si los partidos cada vez premian más a quienes repiten sus relatos prefabricados sin pestañear.

Nada menos que la ministra de Universidades, Diana Morant, salió estos días a alabar la trayectoria del excomisionado de la dana tras las sospechas sobre su currículo. Solo por el puesto que Morant ocupa, debió ahorrarse ese apuro. Morant es además ingeniera de Telecomunicaciones. Es triste asumir que hasta alguien preparado repite el mensaje que al partido le conviene porque es lo que toca.

Así que de nada sirve decir “los políticos no son todos iguales” —y menos mal— porque no estamos hablando de la voluntad personal o de la valía de cada individuo en concreto. Se trata de cómo funciona el sistema en su conjunto, y sí, los incentivos para toda la clase política son hoy los mismos. Tan corrosiva es la antipolítica que solo ve defectos en nuestros representantes, como la que niega cualquier lacra fingiendo que así no da alas a los reaccionarios. Lo que espolea a la ultraderecha no es denunciar lo que se hace mal, sino hacer las cosas mal y luego pretender que a alguien le parezca normal.