Qué pena que la clarividencia de los que unen los acontecimientos como causas y consecuencias solo se exprese cuando los trenes ya han descarrilado

El cancelado cómico Louis C. K. tiene un monólogo sobre los aviones que también valdría para la alta velocidad. Parodia a los que se quejan (nos quejamos) de lo incómodo que es volar: “Pero vamos a ver, idiota: estás suspendido a 10.000 metros en un misil que te lleva de punta a punta del continente en lo que dura una siesta y una película”. Estás en un milagro tecnológico que ni Julio Verne concibió —viene a decir—, y tú te quejas de la marca de cacahuetes que te sirven.

Mea culpa. Vivo en un país transformado por la red de trenes de alta velocidad, otro milagro tecnológico que permite saltar de punta a punta de la Península como quien coge el metro. España se ha empequeñecido para un montón de ciudadanos a los que ha cambiado la vida y ha permitido ampliar horizontes y negocios. Pero yo me quejo de la marca de cacahuetes. Y de los retrasos, y de la megafonía, y de los asientos, y de prácticamente todo. Viajamos sonámbulos y con legañas: el asombro se nos curó a los cinco minutos de subirnos por primera vez a un AVE.

Como acostumbramos a unir los acontecimientos como causas y consecuencias, muchos han relacionado la incomodidad y los desajustes de la red ferroviaria con la inevitabilidad de un accidente como el de Adamuz. No les pilla por sorpresa, dicen. Era cuestión de tiempo, rematan, filosóficos. Son personas a las que nada sorprende. Nacieron con explicaciones para todo, ven venir las tragedias que hielan el alma de los demás y la dejan helada mucho tiempo. Qué pena que su clarividencia solo se exprese cuando los trenes ya han descarrilado. Qué pena que nunca usen su talento para conectar antecedentes y consecuentes antes de que los servicios de emergencia empiecen a sacar cadáveres de los hierros doblados.