A la conmoción por el accidente del AVE en Córdoba se debe responder con rapidez y transparencia en la información
El choque de dos trenes de alta velocidad a 200 kilómetros por hora en medio de la noche cerca de Córdoba es una catástrofe inimaginable que mantiene a España sobrecogida desde la noche del domingo. Da una idea de la dimensión de la tragedia el hecho de que, después de un día entero de búsqueda entre los restos de los trenes, las autoridades aún no eran capaces de dar una cifra de víctimas mortales definitiva, que anoche ascendía a 40 personas. España asiste una vez más al desgarrador ritual de familias buscando a sus allegados y relatos de supervivientes entre los que se intenta adivinar algún detalle que dé sentido a una cosa así. Este es el momento de la solidaridad con las víctimas, del consuelo a quienes han perdido a un ser querido al que esperaban el domingo por la noche.
La secuencia conocida de los hechos deja grandes interrogantes. Un tren Iryo de ocho coches en dirección Madrid descarriló a las 19.45 a la altura de la localidad de Adamuz. Los últimos vagones invadieron la vía contraria. En ese momento, una composición Alvia de cuatro coches que iba en la otra dirección embistió a estos vagones. Los dos primeros coches del Alvia “salieron despedidos”, según la expresión utilizada por el ministro de Transportes, Óscar Puente, y cayeron por un terraplén de cuatro metros. Entre el descarrilamiento y el impacto pasaron 20 segundos, según informó el presidente de Renfe, tiempo insuficiente para activar el freno de emergencia. Los pasajeros del Iryo hablan de una fuerte vibración antes del accidente. El tren había sido revisado el 15 de enero. El tramo de infraestructura había sido renovado en mayo.













