El músico zaragozano se adentra con ‘Nerantzi’ en el intrincado y atractivo laberinto de las músicas populares griegas
“Considere, señora, que hay perfecciones irritantes”. Tan brillante apotegma, atribuido a Honoré de Balzac, parece que no salió de la pluma del autor de Tratado de la vida elegante, sino del ingenio de su contemporáneo escritor, periodista y crítico Alphonse Karr. Autorías al margen, desde esa perspectiva de los esplendores enojosos conviene abordar Nerantzi, álbum con el que
dtm="">Santiago Auserón se adentra en el ágora de las músicas populares griegas. Lo hace en compañía de dos solventísimos músicos helenos, a los que, confiesa, escuchó tocar en un restaurante de Atenas, y que concurren también en el álbum como compositores: Vaggelis Tzeretas (buzuki y voces) y Theodoros Karellas (guitarra y voces). Con ellos, la colaboración de Anni B. Sweet en una de las piezas y la participación puntual de otros instrumentistas, Auserón ha facturado una apuesta atravesada por la urgencia, pero iluminada por la emoción de la búsqueda y la solidez de los hallazgos.
La urgencia lastra, sin alborotos, algún encaje de la voz de Santiago (quien ha traducido los textos y aporta una canción propia), clara y matizada, no obstante, en los patrones sonoros de un universo musical complejo, vibrante y mestizo. La luz de la búsqueda y de los hallazgos ofrece, como contrapunto, el valor real de Nerantzi (naranja amarga), un paso más en la singular carrera de un artista que, tras adjudicar nombre propio al rock español, ha indagado por caminos diferentes en las raíces de las músicas que han sustentado sus creaciones: de la tradición trovadoresca al son cubano, pasando por el jazz y el blues de Nueva Orleans.






