El escritor francés me fascina, provocador genético o racional, blasfemo con estilo, cronista brillante y desesperado de la realidad de su país y de la existencia en general

Me convence mi amigo Mantilla para que me acerque a un festival al aire libre que se titula Ideas, enunciado mosqueante para mí y con el que siempre me resuenan aquellas palabras de Brassens: “¿Morir por las ideas? De acuerdo, la idea es excelente. Pero de muerte lenta". La razón es que van a entrevistar a

ttps://elpais.com/cultura/2023-04-01/michel-houellebecq-cuando-me-miro-al-espejo-me-doy-miedo.html" data-link-track-dtm="">Michel Houellebecq, escritor que me fascina, provocador genético o racional, blasfemo con estilo, cronista brillante y desesperado de la realidad de su país y de la existencia en general, pornógrafo eficaz (qué calentón pillé leyendo Plataforma), individuo en posesión de una temática tan nihilista como lúcida, pero que todavía no se ha suicidado a pesar de los pesares.

Y nos presentan. Y estamos juntos un rato, en silencio. Él, acompañado todo el rato de una bolsa misteriosa. Y nos ignoramos cortésmente. Aunque mi francés fuera perfecto no se me ocurriría entablar conversación social con alguien con el que me reconozco tanto. Nos hacen una foto pintoresca. Los dos estamos en silencio, en posesión continua en nuestras manos de una botella de agua mineral. Y fumando indesmayablemente, aunque esté medio prohibido. Como casi todo.