Su personalidad eclipsaba a veces su obra. Una obra única e irrepetible como él mismo. Un autor total, que cultivó casi todos los géneros
A propósito de la celebración del centenario de Carmen Martín Gaite, el año pasado releí una parte importante de su obra. En ese nuevo acercamiento a sus páginas me obsesionó, durante un tiempo, la forma en la que ella necesitaba -y echaba en falta- a su interlocutor, la búsqueda permanente de ese otro tu con quien compartes el yo. Me obsesionó porque hasta ese momento yo no fui consciente de esa necesidad, quizás porque nunca había carecido de ella, y nunca se echa en falta lo que se da por sentado. Fui por primera vez consciente, releyéndola, de la suerte que yo tenía, porque contaba con un interlocutor ideal. Ese era Josep Piera.
A veces, cuando conocemos a los escritores que nos gustan, desearíamos habernos quedado con sus páginas, sin haber llegado a tal experiencia. Otras, en cambio, pasa lo contrario; crece aún más esa obra literaria que tanto respetas porque la persona que has encontrado detrás de su escritura está a la altura humana de sus palabras. Ese era el caso de Josep Piera. Tan exagerado que me atrevería a decir, si es posible, que su personalidad eclipsaba a veces su obra. Una obra única e irrepetible como él mismo. Un autor total, que cultivó casi todos los géneros, desde la poesía al ensayo, pasando por la novela y la biografía. Un autor que por encima de todo se sentía poeta, y un poeta que entendió los versos como una partitura de palabras. Que nos enseñó a mirar. Los paisajes y sus gentes.






