El epistolario con su galerista Pierre Loeb, de próxima publicación en Francia, muestra la lucha del artista entre la pulsión erótica y la necesidad de orden. “Escribían sin miedo al juicio de la posteridad”, explica su nieto
Si a los maestros de primaria que sientan a los niños ante la obra de Joan Miró (Barcelona, 1893-Palma, 1983) se les ocurriera explicarles su pintura sin reducirla a un juego de formas y colores, se estarían jugando sus puestos de trabajo, porque el artista catalán es uno de los creadores que más lejos llevó la máxima de Picasso: “El arte es peligroso. Si es casto, no es arte”. La próxima publicación en Francia, el 3 de abril, de
f" rel="" title="https://www.editions-norma.com/collections/nouveautes/products/miro-loeb-correspondances-1926-1936" data-link-track-dtm="">Loeb-Miró. Correspondances 1926-1936 (Norma) ayudará a entender el malestar íntimo de un pintor de apariencia inocente, es decir, su combate para conciliar la fuerza creativa de una pulsión erótica sin ataduras con su necesidad de orden y equilibrio.
El libro reúne por primera vez íntegras las cartas cruzadas entre el artista y su marchante francés, Pierre Loeb (1895-1950). La novedad es que, a diferencia de la gestión censora de otros legados artísticos, el nieto del artista, Joan Punyet Miró, ha permitido el acceso a fragmentos antes ocultos que descubren el lado íntimo. “Soy consciente”, dice, “de que la publicación de estas cartas revela parte de la vida privada de cada uno de los corresponsales. Es importante destacar su espontaneidad, ya que escribían sin miedo al juicio de la posteridad”.






