Un estudio resuelve el misterio de los aparatos digestivos que producen alcohol sin necesidad de beberlo
En junio de 2014, un hombre de 27 años acudió a los servicios sanitarios de Pekín porque llevaba desde la adolescencia agarrándose unas cogorzas inexplicables cada vez que comía. ¿Inexplicables?, le preguntaron los médicos con natural escepticismo. Seguramente el tipo se ponía ciego de cerveza, vino de arroz, baijiu o cualquier cosa peor, aunque él aseguraba que no bebía alcohol. De hecho, su madre siempre había sospechado lo mismo, y le hacía soplar de vez en cuando en el alcoholímetro como si fuera un guardia civil, con el resultado previsible: unos índices de alcohol incompatibles con la conducción. Por otro lado, si el paciente bebía a escondidas no habría buscado ayuda médica, ¿no?
Los doctores le hicieron una biopsia de hígado y vieron enseguida que mostraba una grave esteatosis hepática no alcohólica (también llamada hígado graso no alcohólico o NAFLD, por nonalcoholic fatty liver disease). La NAFLD es muy común: afecta a una de cada tres personas, beban o no, y en general cursa sin síntomas, pero en algunos casos las células del hígado siguen acumulando grasa hasta generar una cirrosis o un cáncer de hígado. El paciente de Pekín fue ingresado en la UCI, donde los médicos pudieron comprobar dos cosas: que, efectivamente, no necesitaba beber para agarrarse una merluza, y que las comidas ricas en azúcares le subían el alcohol en sangre a unos contundentes 400 miligramos por decilitro, como si se hubiera enchufado 15 chupitos de whisky.








