Medio siglo después de tumbar la dictadura, el país afronta unas elecciones presidenciales cruciales ante el auge de la ultraderecha y el desencanto con los políticos tradicionales

El próximo 18 de enero los portugueses votan algo más que un nuevo jefe del Estado. Decidirán si perpetúan el sistema político surgido de la Revolución de los Claveles en abril de 1974 o si abren la puerta a alguien con afán de dinamitarlo. Nunca un can...

didato ajeno a los dos grandes partidos tradicionales (Partido Socialista y Partido Social Demócrata) había estado tan cerca de presidir la República de Portugal desde 1986. Pero este es un siglo empeñado en acabar con los nuncas. En Portugal y en todas partes.

Así que los portugueses afrontan las presidenciales más relevantes de su historia, con un ramillete de candidatos empatados en las encuestas para pasar a la segunda vuelta del 8 de febrero, entre los que figuran representantes de la vieja política (Luís Marques Mendes y António José Seguro) y dos aspirantes que presumen de rechazarla: André Ventura y Henrique Gouveia e Melo. El primero lidera una formación ultra, Chega, que conquista espacios en cada elección aprovechando las sucesivas caídas del Gobierno (tres veces en los últimos cuatro años). El segundo es un militar en la reserva que pasó media vida en submarinos y que exhibe como una de sus principales virtudes su desvinculación de los partidos. Los cuatro aspiran a un cargo que no es solo institucional, ya que puede vetar leyes y disolver el Parlamento, una prerrogativa que el presidente actual, Marcelo Rebelo de Sousa, ha usado en tres ocasiones desde 2021.