El autoritarismo del siglo XXI no siempre se anuncia rechazando los valores liberales. Con mayor frecuencia, se apropia de su vocabulario mientras lo despoja de contenido
La captura militar de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, seguida del anuncio de que Washington asumirá el control político de Venezuela y
olero-sobre-venezuela-pero-el-mercado-impone-limites.html" data-link-track-dtm=""> reorganizará su industria petrolera, no es solo un acontecimiento geopolítico alarmante y una grave violación del derecho internacional. Es también algo más silencioso y, a largo plazo, más corrosivo: el colapso de un vocabulario moral y político compartido.
Durante décadas, el orden internacional se sostuvo no solo sobre tratados e instituciones, sino también sobre un frágil consenso acerca del significado de ciertas palabras. Democracia significaba un poder sometido a la ley. Justicia implicaba procedimientos, no solo resultados. Seguridad aludía a protección sin dominación. Soberanía suponía que las fronteras importaban, incluso cuando los regímenes eran corruptos o brutales. Estos conceptos nunca se realizaron plenamente, pero ayudaron a estructurar el desacuerdo. Permitieron a los Estados discutir, condenar, justificar y contenerse mutuamente mediante un lenguaje común.








