Leyes contra la libertad de expresión, presencia de paramilitares y el regreso de los halcones del chavismo marcan el día a día de una extraña transición que no cuenta con la población
Las dos Venezuelas que conviven estos días caminan sin tocarse mientras la bulliciosa Caracas baja la voz y asiste a movimientos inimaginables hace solo una semana.
Una Venezuela, la chavista, traga con el tutelaje estadounidense y asume con normalidad que decidan en Washington el destino de su petróleo mientras anuncia una masiva liberación de presos políticos. La otra Venezuela calla ante un acuerdo de élites que ha decidido sin ellos el rumbo que tomará la transición. Millones de venezolanos suman a la represión habitual el silencio impuesto desde arriba. En la nueva Venezuela, ni siquiera las familias de los presos recién liberados pudieron celebrar su salida de la cárcel porque la ley de “conmoción” nacional, aprobada por Delcy Rodríguez en su toma de posesión, trata de mantener el control del discurso e impide expresarse en las calles salvo para apoyar a Nicolás Maduro, detenido en una cárcel de Nueva York.
“Hay una alegría extraña, pero también mucha frustración. Estamos entre algo que no muere y algo que tampoco nace”, dice un trabajador de la empresa de petróleos PDVSA que no quiere dar su nombre. “Tengo la sensación de que esto puede durar años y eso, ¿en qué me beneficia?”, se pregunta. “Lo único que sé es que ahora me puedo meter en problemas por opinar y hablar contigo”, dice desde Caracas.







