Hoy es necesario reiterar un concepto que no admite atajos: paciencia estratégica

El paso dado el 3 de enero ha sido crucial. Tan decisivo como irreversible. Ese régimen está liquidado. Lo que vimos después no son signos de su supervivencia, sino los estertores propios de una estructura que agoniza. Se mueven, sí, pero no porque tengan futuro, sino porque la muerte política también provoca espasmos. Confundir esos reflejos con fortaleza sería un error de apreciación histórica.

El presidente Donald Trump ha cumplido su cometido. Enfrentó de manera frontal al narcotráfico y detuvo amenazas reales vinculadas al terrorismo. Lo medular ha sido el descabezamiento de la mafia que sostiene al régimen. Ese es el corazón del asunto. Los efectos secundarios de tácticas operativas, inevitables en toda confrontación de esta magnitud, no pueden ni deben eclipsar esa verdad trepidante: la estructura criminal fue golpeada en su centro de gravedad.

Los “accesorios” de esa tiranía no es que tengan patas cortas, es que sencillamente no cuentan con extremidades para caminar siquiera un trecho. ¿Cómo puede mantenerse en pie un ensayo retorcido, sin credibilidad incluso entre ellos mismos? Diosdado, Padrino y compañía no confían unos en otros; se temen, se espían, se saben traicionables en cualquier santiamén. No pasan de ser piezas movidas con mano maquiavélica para preparar el jaque mate final. Es evidente: no tienen peones, no tienen rey, no tienen reina, aunque pretendan vestirse de seda.