El centenario del escritor ultranacionalista japonés nos recuerda que existe una identidad indisoluble entre obra y persona, y la separación entre ambas debe competer únicamente al lector
Cien años después del nacimiento de Yukio Mishima, la conmemoración del escritor japonés, candidato al premio Nobel y autor consagrado dentro y fuera de su país, ha pasado casi desapercibida: en Japón apenas ha habido actos de celebración, salvo algunos discretos encuentros académicos, y lo mismo ha sucedido en Europa. Sin duda,
onesa.html" target="_blank" rel="noreferrer" title="https://elpais.com/cultura/2024-11-20/camisetas-bolsas-y-fundas-de-movil-mishima-el-incomodo-simbolo-de-la-ultraderecha-japonesa.html" data-link-track-dtm=""> la deriva ultranacionalista del escritor, suicidado por seppuku junto a su amante Morita con 45 años, ha inspirado la escasa presencia del autor en este 2025. Estas someras iniciativas recuerdan lo ocurrido en Francia en el aniversario del polémico y brillante Louis-Ferdinand Céline, aunque entonces la conmemoración fue convertida finalmente en debate nacional, sin homenajes oficiales ni intentos de rehabilitación moral. En ambos casos late el mismo dilema: la separación entre obra y autor. Pero Céline no habría escrito Viaje al fin de la noche sin ser quien fue, el fanático antisemita, ni Heidegger habría elaborado su metafísica sin sus cuadernos negros y su adhesión al nazismo, ni Mishima sería uno de los mayores escritores en lengua japonesa sin su ultranacionalismo. Existe una identidad indisoluble entre obra y persona, y la separación entre ambas debe competer únicamente al lector.






