La Nobel de Literatura piensa en cómo será el momento de volver a su Bielorrusia natal y cómo se debería construir el futuro allí sin dejarse poseer por el “odio, que no conduce a nada”

El Homo Sovieticus, ese ser histórico, cultural y mítico, al que Svetlana Alexiévich dedicó su último libro, no solo sigue vivo —“en el Kremlin y disparando en Ucrania”, como ella misma dice—, sino que tiene múltiples aliados, simpatizantes aventajados y adeptos en otros parajes bien distintos al entorno soviético-europeo donde la escritora bielorrusa nació (Stanislav, hoy Ivano-Frankivsk, Ucrania, en 1948), se formó y trabajó.

La proliferación de monstruos es uno de los fenómenos que desde su exilio en Berlín constata con desazón Alexiévich, que fue Miembro del Comité Coordinador de la Oposición al dictador bielorruso Alexandr Lukashenko durante las multitudinarias protestas del verano de 2020, y, por ello, se vio obligada a abandonar su país y el espléndido ático con vistas al río Svislach en Minsk, donde se había establecido tras recibir el Nobel de Literatura en 2015.

La desintegración de la Unión Soviética, relatada a partir de las voces de testigos implicados (tanto ganadores como perdedores o híbridos de ambos), fue el tema de El fin del Homo Sovieticus, publicado en 2013. Los movimientos tectónicos provocados por el fin del Imperio, cuyas consecuencias psicológicas y políticas fueron inicialmente infravaloradas en Occidente, es punto de partida para Alexiévich y para Vladímir Putin, aunque ambos eligieron caminos opuestos. En el caso del actual mandatario ruso, el objetivo era reanimar al monstruo y en el de la escritora, liberar al ser humano.