Las memorias noveladas del escritor ruso Yuri Buida ofrecen con sus evocaciones un recorrido íntimo por tres décadas de vida soviética desde su infancia hasta la implosión de la URSS
Un joven quinceañero, nacido en 1954 en un pequeño pueblo de la región de Kaliningrado, la antigua provincia alemana de la Prusia Oriental anexada a la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial, siente una persistente vocación por la escritura. En su momento, la voracidad lectora lo lleva a la biblioteca de la localidad donde funge como responsable la camarada Rimma, una mujer de “rodillas bonitas” con la que establece una relación intelectual y física. Gracias a la primera puede leer ciertos libros esquivos, como la copia clandestina de Agosto de 1914, una de las partes de la tetralogía La rueda roja, del disidente Aleksandr Solzhenitsyn. Y, gracias a la segunda, la bibliotecaria, algo mayor que él, le explica que “La boca de la mujer no está hecha para los besos, sino para acciones más útiles” y se arrodilla frente al artista adolescente para demostrar su consideración.
Este joven, que le ha confesado a la eficiente camarada su pretensión de ser escritor, recibirá entonces una reveladora advertencia: “Es un oficio de ladrón, espía y asesino [dice ella]. El escritor espía, escucha de solapa, roba palabras y rasgos ajenos y después lo traslada todo al papel, detiene el instante, como decía Goethe, es decir, mata lo vivo en aras de lo bello”.






