Parece que cualquier alimento, para ser bueno y ganarse el derecho a ser puesto en la mesa, tiene que servirse acompañado de un relato que lo justifique

Últimamente, parece que cualquier alimento, para ser bueno y ganarse el derecho a ser puesto en la mesa, tiene que servirse acompañado de un relato y una serie de ideas que lo justifiquen. El apio tiene vitaminas C, A, E, B1 y B2 y un montón de minerales. Se dice que su consumo tiene beneficiosos efectos diuréticos y ayuda a desintoxicar el organismo. Sus hojas aparecen en escudos heráldicos como símbolo de la abundancia y del renacimiento de la naturaleza en primavera. Pero quien compra ...

apio lo hace porque le apetece, porque cruje y refresca, porque al verlo ese día, en el mercado, se le antoja.

Aun así, parece que “lo compro porque me gusta” no es un argumento aceptable por sí solo. No legitima la elección. No es suficiente. Para celebrar el apio hay que mentar la salud, la limpieza, la innovación, la identidad, la tradición, la sostenibilidad, la proximidad o alguna suerte de ritual. El placer no basta. Hemos apartado lo superficial, lo corporal, de la conversación gastronómica, asimilándolo a lo frívolo, lo banal o lo irresponsable. Hemos confundido superficial, lo que pasa en la superficie, en la piel, en el velo que separa lo íntimo de lo externo, con insubstancial, aquello que no tiene importancia. Esto es un error gravísimo: una sopa servida tibia, en vez de caliente.