Es recomendable impulsar, a partir de 2026, el papel cada vez más activo de España en los foros sobre cooperación internacional, multiplicar la inversión privada, optimizar la profesionalización del sector y apostar por estrategias de gobierno integral

Mal empezaría este artículo pretendiendo que todo sigue igual. La cooperación ya es, y seguirá siendo, uno de los perdedores lógicos de esta nueva era del desencuentro en las relaciones internacionales. El gran evento del año, la IV Conferencia Internacional sobre Financiación para el Desarrollo (FFD4), proporcionó una prueba inequívoca. Perseguía revisar la arquitectura financiera global y promover un horizonte renovado para afianzar la agenda de desarrollo. Su resultado, el Compromiso de Sevilla, muestra la combinación que muy previsiblemente caracterizará al sector durante los próximos años.

Por una parte, la permanencia de multitud de voces comprometidas con la agenda de desarrollo global. Pero por otra, un terreno de juego más quebradizo; un multilateralismo a la carta que se proyecta como una posibilidad, no como una garantía, a través de una inmensa atomización de iniciativas en busca de respaldo político y resultados concretos.