La cooperación internacional se enfrenta al mayor desafío global de las últimas décadas, no solo por los conflictos bélicos y el cambio climático, sino por un reto mayor: la crisis del multilateralismo, que se materializa en una reducción muy significativa de fondos destinados a los países receptores. Aunque en la cumbre de la ONU celebrada recientemente en Sevilla se aprobaron más de cien medidas concretas, muchas de ellas relativas a la financiación de los países con mayores necesidades, la ausencia de Estados Unidos y la baja representación de otros países fue decisiva para el balance final del evento.

Basta recordar que una de las primeras decisiones políticas de Donald Trump en su segundo mandato fue suprimir su agencia de cooperación (USAID), la cual aportaba más del 40% de la ayuda mundial. Como justificación, el secretario de Estado, Marco Rubio, declaraba el pasado 1 de julio que “USAID comercializó sus programas como una organización benéfica, en lugar de como instrumentos de la política exterior estadounidense destinados a promover nuestros intereses nacionales”, renunciando con ello a los objetivos solidarios que ha tenido históricamente la cooperación. Criticó, además, el volumen de inversión de las últimas décadas que, a su juicio, fueron fondos dedicados a acciones con pobres resultados. Lamentablemente, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), otros países tan relevantes en la aportación de fondos como Francia, Alemania y Reino Unido también están recortando sus contribuciones.