Países como China, India, Brasil y Turquía han activado sus propios sistemas de ayuda al desarrollo que compiten con los donantes tradicionales, como la OCDE, que parece atrapada en la inercia institucional
El sistema internacional de ayuda al desarrollo parece sumido en la que puede ser la más grave crisis de su historia. Una crisis que es, en primer término, presupuestaria, activada por los agresivos recortes de la Administración Trump y por las reducciones en los fondos de ayuda anunciadas por un nutrido grupo de países europeos. Como consecuencia, se prevé que el sistema pierda entre un quinto y un tercio de sus recursos. Esas decisiones se producen, además, en un contexto político poco favorable. Con la ascendente presencia de partidos (y gobiernos) nacionalistas y ultraconservadores, afines a la extrema derecha, que son refractarios a la acción multilateral y cuya agenda confronta con los objetivos de sostenibilidad ambiental, equidad social y respeto a los derechos humanos que inspira la acción de desarrollo. Definitivamente, son malos tiempos para la lírica.
Pero, por importantes que sean estos factores, conviene no engañarse, la crisis de la ayuda trasciende esa dimensión presupuestaria y es previa a Trump y al auge de la extrema derecha. Su origen está en la incapacidad del sistema para responder, con la radicalidad que se requiere, a los cambios tectónicos que se han producido en el entorno internacional.






