Los abusos en espacios públicos han provocado la indignación en un país donde las víctimas se sienten desprotegidas. La estación central de autobuses de Buyumbura llegó a instaurar temporalmente colas separadas por sexos
“Hacer cola en la estación de autobús se ha convertido en una pesadilla. Cuando se acerca la hora de volver a casa, me invaden las náuseas porque ya sé que voy a sufrir acoso sexual”, explica Alice Muhorakeye, una treintañera que trabaja en el centro de Buyumbura, capital económica de Burundi, y vive en Mutakura, un barrio situado en el norte de la ciudad, a seis kilómetros de distancia. No es un testimonio aislado. En este país africano, aumentan la indignación y las denuncias de agresiones sexuales sufridas por las mujeres en su vida diaria. Pero muchas soportan los abusos en silencio, condicionadas por la sociedad y por una ley que no las protege. Algunas ni siquiera son conscientes de que esas vejaciones son un delito punible.
La mezcla de miedo y repugnancia que siente Muhorakeye tiene su origen en lo que le ocurrió el pasado julio. “Volvía a casa después de trabajar y estaba esperando en la cola del autobús. Un hombre se me acercó por detrás y se me pegó. Al cabo de diez minutos, empezó a tocarme el trasero. Al principio pensé que había sido sin querer, pero, cada vez que la cola avanzaba, él volvía a presionar su cuerpo contra el mío una y otra vez”, recuerda, visiblemente alterada por el recuerdo.







